lunes, 10 de agosto de 2009
martes, 28 de julio de 2009
Eduard Punset: Convencería a los maestros para que a los niños se les enseñara a gestionar las emociones básicas: miedo, rabia, paz, amor...
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=633007&idseccio_PK=1028
Pocos se pondrían un 10 en felicidad. Punset sí. Sacar matrícula no tiene que ver con haber escrito ‘El viaje de la felicidad’. Desde hoy, 37 personajes descifrarán qué es la felicidad y dejarán aquí escrito su mejor mensaje.
Para que un niño entendiera que la felicidad está en la sala de espera de la felicidad, le prometería un segundo caramelo dentro de 5 minutos si, entretanto, aprende a distinguir un gorrión macho de otro hembra.
2. «Yo para ser feliz quiero un camión», cantaba Loquillo. Usted, para ser feliz, necesita…
Estar absorto en un proyecto que me ilusiona.
3. ¿Cuál diría que ha sido la época más feliz de su vida? ¿Qué le ocurría en ese momento?
Cuando era un feto en el vientre de mi madre. No tenía ningún problema. Nunca volveré a ser tan feliz.
4. ¿Cuál es su tarea favorita para desconectar y con qué frecuencia la practica?
Desconecto cuando desaprendo algo. Por ejemplo, cuando desaprendo que hay más cuestiones que no tienen respuesta que las que tienen respuesta. Cada día procuro desaprender alguna solución conspiratoria, como que la culpa de todo la tiene la CIA, el diablo o un ser sobrenatural.
5. ¿Es de carcajada fácil? ¿Con qué suele reírse?
Me río cuando me sorprende algo. Y si además me da la sensación de que yo soy más listo o fuerte que el personaje que me hace reír, tanto mejor.
6. ¿Duerme bien o mal? ¿Qué cosas le quitan el sueño?
Duermo lo justo. Como a los perros, los petardos me quitan el sueño. También me desvela pensar en las atrocidades de las que son capaces las muchedumbres enardecidas.
7. ¿Cómo le ven los demás?
Como soy porque procuro ser como me ven. Solo me interesan ellos.
8. ¿Qué tal lleva las críticas: le afectan o es inmune al qué dirán?
Nadie es inmune al que dirán. La gente busca el reconocimiento y el amor del resto del mundo. Ese reconocimiento es, además, el mejor predictor de que existe la salud. El último mono es el que tiene peor salud.
9. ¿Cuál es su mayor virtud?
Profundizar en el conocimiento de qué les pasa a los demás por dentro.
10. ¿Y su peor defecto?
No me fío del que no se fía de mí.
11. ¿Es más o menos feliz que la gente que le rodea?
Soy incomparablemente más feliz.
12. Si quiero sacarle de sus casillas, ¿qué debo hacer?
Hacer daño a alguien; hacerlo al resto de los animales; maleducar a un niño o tener otro cuando se ha educado mal al primero.
13. Le dan a elegir: a) tener más éxito y dinero, pero estar más ocupado; b) tener más tiempo para usted, pero con menos éxito profesional y menor cuenta corriente. ¿Qué le daría más felicidad?
Me gusta estar siempre ocupado. Estaría más feliz pagando menos impuestos e igual de ocupado.
14. Una vida infeliz sería una vida sin…
Una vida sin alguien más. Igual que las primeras bacterias hace 3.000 millones de años
15. ¿Ha leído alguna vez un libro de autoayuda? ¿Qué le parecen?
Durante años solo ellos y la astrología se ocupaban de lo que le pasaba a la gente por dentro. Ahora la ciencia hace lo mismo, pero mejor.
16. ¿Qué pide a la lámpara mágica?
Que todos nos diéramos cuenta de que desde el espacio no se ven las fronteras que separan a unos países de otros. Lo de la diversidad cultural es un cuento. La cultura, como la ciencia, es universal.
17. ¿Qué es lo que más le preocupa ahora mismo en su vida?
El dogmatismo.
18. ¿Cuál ha sido el peor y el mejor momento de este curso pasado?
El peor momento, las implicaciones culturales, sociales y humanas del desenlace sangriento de la festividad de San Fermín. Lo cual me impide vislumbrar el mejor.
19. ¿Qué cambiaría de su vida?
Me gustaría tener motivos para cambiar más de opinión. La gente está dispuesta a cambiar de estatura, si puede, pero no de opinión. “No quiero dejar de ser quien soy”, dicen.
20. ¿Diría que en su profesión se respira felicidad?
Aunque sorprenda, están disminuyendo los índices globales de violencia y aumentando los de altruismo.
21. ¿Cómo sería para usted una noche perfecta de este verano?
Una noche de descanso pleno sin ningún ruido que me despierte. E idéntico escenario para mis nietas.
22. Un personaje público o de la Historia a quien le gustaría parecerse.
Al fundador de la psicología moderna, William James.
23. ¿La fama aporta felicidad?
Claro. Te reconocen los demás.
24. ¿Qué más le gusta de su oficio?
Que puedo estar ansioso en determinados momentos –lo que me pone en estado de alerta--, pero nunca tengo miedo y, por lo tanto, nada me corroe por dentro.
25. De no dedicarse a su profesión, ¿en qué otro trabajo sería feliz?
Cualquiera. Salvo haciendo daño al resto de los animales.
26. Si mañana llegara al Gobierno, ¿qué medida tomaría para que los españoles fueran más felices?
Convencería a los maestros para que a los niños se les enseñara, antes que nada, a gestionar las emociones básicas y universales con las que se viene al mundo: el miedo, la sorpresa, la felicidad, el desprecio, la rabia.
27. ¿El español medio es feliz?
No, en absoluto. Hemos estado demasiado tiempo aislados del resto del mundo civilizado.
28. Epicteto dijo: “La felicidad consiste en no desear nada”.
Hemos progresado. Hoy sabemos que la felicidad es, por encima de todo, la ausencia del miedo.
29. Le obligan a elegir entre virtud o placer. Para toda la vida.
Iría caso por caso. Sabiendo que no hay placer sin disciplina o virtud.
30. ¿Qué sms le gustaría recibir en su móvil?
OUAU, OUAU, OUAU. Me lo mandaría, obviamente, un perro.
31. ¿Su mejor momento del día?
Las 7 de la mañana.
32. ¿Le molesta que le pregunten por la edad?
Al contrario. Nadie sabe si el tiempo existe. Sabemos que deja huella, eso es todo. Pero seguimos sin saber explicar la diferencia entre un instante y cien millones de años.
33. ¿Cómo se ve en 10 años vista?
Como ahora. Reconstruimos el pasado según pensamos ahora. Igual ocurre con el futuro. Solo existe el presente.
34. Si vendieran felizómetros, ¿qué le marcaría de 1 a 10?
Me intrigaría dar menos de 10.
sábado, 23 de mayo de 2009
Atxikimenduaren teoriaren garapena. Zenbait ikuspegi.
http://online-psicologia.blogspot.com/2007/11/el-desarrollo-del-apego.html
INTRODUCCION
El apego supone “la atadura” afectiva mas fuerte que siente el ser humano hacia otros semejantes, produciendo placer cuando se llevan a cabo interacciones y buscando la cercanía de la persona con la que se siente apego en momentos de ansiedad e inseguridad. Por tanto, dicho vinculo responde a una de las necesidades más básicas y fundamentales que experimenta el ser humano: la necesidad crucial de sentirse seguro, protegido y ayudado. El apego, junto con la búsqueda de una red de relaciones sociales (amigos) y la necesidad de mantener una actividad sexual vinculada al deseo y al enamoramiento, suponen las necesidades más importantes, sentidas subjetivamente, que favorecen y fomentan la supervivencia, no solo del individuo sino también de la especie (López, 1995).
Las características funcionales más importantes que podemos asociar al vínculo afectivo de apego son las siguientes:
· Intento por mantener la proximidad con la persona con la que se siente apego.
· Contacto sensorial privilegiado.
· Debido a la seguridad que conlleva el apego, el bebé tiene relaciones más eficaces con el entorno que le rodea.
· Ansiedad ante la separación.
Con las palabras de Ainsworth y Bell (19670) podríamos resumir que “la característica mas sobresaliente es la tendencia a lograr y mantener un cierto grado de proximidad al objeto de apego que permita tener un contacto físico en algunas circunstancias y a comunicarse a cierta distancia, en otras”.
TEORIAS DE APEGO
Han sido muchos los psicólogos y escuelas que han intentado explicar el origen y desarrollo del apego. ¿Es el vínculo afectivo una forma primaria de conducta instintiva o, por el contrario, se puede explicar a través de la teoría del impulso secundario?
Teorías conductistas
A la hora de explicar el apego un gran numero de psicólogos conductistas han adoptado el modelo de reducción del impulso. En este contexto, se da una importancia vital al papel de la alimentación en la interacción que se establece entre madre e hijo. Se considera que las conductas de dependencia que el bebé tiene con su madre (búsqueda de cercanía, abrazos, lloros y llamadas en su ausencia, etc.) son debidas fundamentalmente a un impulso secundario aprendido como consecuencia de una asociación repetida entre la presencia de la madre y la satisfacción que le produce al niño saciar su hambre. Con otras palabras, el niño se apega con quien le da de comer. Sin embargo, incluso los monos eligen como sustitutos de sus madres a muñecos de tela con una textura similar a la de su especie que a muñecos de alambre que le dan de comer. Los datos con animales y con seres humanos nos muestran que los niños despliegan conductas de apego desde edades bien tempranas con seres que en ningún momento han intervenido en las actividades de alimentación.
Otro marco teórico conductista es el modelo del condicionamiento operante. Desde este punto de vista, los niños miran, sonríen y buscan la proximidad de las madres debido a la respuesta que reciben por parte de sus progenitoras. En definitiva, las madres “devuelven” las miradas, sonrisas y abrazos a sus hijos implicándoles en una positiva interacción social. De nuevo nos encontramos ante un modelo que no nos proporciona un mecanismo potente de explicación del apego, puesto que las observaciones no sindican que, hasta los niños maltratados siguen buscando el contacto físico con sus progenitores.
Además, estos modelos conductistas no explican por qué o de qué manera, los lazos establecidos en la infancia perduran a través del ciclo vital incluso cuando la figura de apego está ausente y, por tanto, no puede satisfacer los impulsos primarios ni proporcionar ningún tipo de refuerzo social.
Hipótesis propuestas por los psicoanalistas
Son muchas las hipótesis que han propuesto los psicoanalistas en relación con la naturaleza del vinculo que une al niño con su madre. En líneas generales, se podría decir que ofrecen un modelo mucho mas enriquecedor que los conductistas, ya que defienden que la calidad de la interacción madre-hijo produce, por una parte, un efecto crucial en el desarrollo posterior de la personalidad del sujeto y, por otra, la seguridad emocional necesaria para la exploración del medio ambiente y un dominio cognitivo.
Sigmund Freud, en el año 1926, publica Inhibición, síntoma y angustia, ensayo en el cual no manifiesta ninguna predisposición a aceptare la existencia de respuestas primarias de seguimiento que fueran susceptibles de establecer un vínculo entre la madre y el bebé.
Para Freud, el amor que surge del niño hacia la madre es debido a la necesidad satisfecha de alimento; es decir, el niño se apega a la madre porque ésta le da de comer y además le estimula sus zonas erógenas. Sin embargo, sería injusto declarar que Freud era un fiel defensor de la teoría del impulso secundario, puesto que en años posteriores manifestaría que las bases filogenéticas tienen una primacía tal que no importa si el niño ha sido dado de mamar o ha sido alimentado con biberón y no haya gozado de la ternura de los cuidados maternos. En ambos casos el desarrollo infantil sigue un mismo camino.
De las lecturas de las primeras exposiciones teóricas de la obra de Anna Freud se desprende una defensa de la teoría del impulso secundario, pero al analizar sus trabajos clínicos se observan indicios de ideas un tanto diferentes. Burlinngham y Freud (1942) en un estudio llevado a cabo con niños de las guarderías de Hampstead (niños institucionalizados que quedaron huérfanos al principio de sus vidas) llegan a diversas conclusiones de las que expondremos dos:
1. Sólo al segundo año de vida el apego que surge del niño hacia la madre alcanza su pleno desarrollo.
2. Los niños se apegan incluso a madres que están continuamente de mal humos y a veces se comportan de manera cruel con ellos. Por tanto, el potencial de apego siempre se halla presente en el niño.
Debido a que el afecto se puede considerar independiente de lo que el niño recibe, estas psicoanalistas llegaron a manifestar que el niño siente la necesidad de un vínculo temprano con la madre de manera instintual.
Melanie Klein manifiesta que la relación que se establece entre el niño y su madre va más allá de la mera satisfacción de necesidades fisiológicas. Sin embargo, en una de sus últimas publicaciones se muestra indecisa y, por una parte hace hincapié en la primacía del pecho y la oralidad y, por otra, Klein expresa que el niño desde el principio tiene conciencia de que existe algo más. Este “algo más” supone la formulación de la teoría de un deseo primario de regreso al vientre materno. Por tanto, esta autora resalta la importancia del componente no oral de la relación que se origina en el deseo primario que se acaba de mencionar.
Por ultimo, mencionaremos a Spitz, que se adhiere plenamente a las tesis de Freud (padre) acerca de la teoría del impulso secundario. Defiende que las autenticas relaciones objetales surgen de la necesidad de alimento.
Teoría etológica de Bowlby
La teoría de Bowlby es el enfoque más aceptado a la hora de explicar las relaciones de apego. Este modelo se inspiró inicialmente en los estudios sobre la impronta. Las investigaciones sobre impronta han conducido a un concepto teórico que ha sido ampliamente aplicado en el estudio del desarrollo infantil: el período crítico. Se alude así a un tiempo limitado de la vida en el que el organismo está biológicamente preparado para adquirir ciertas conductas; todo ello a condición de que reciba una estimulación apropiada del medio ambiente. La importancia de este concepto radica en que muchos psicólogos han intentado averiguar si la adquisición de complejas conductas sociales y cognitivas del ser humano tiene lugar en un periodo de tiempo muy determinado.
Bowlby defiende que las tendencias innatas del bebé (llorar o armar jaleo cuando están incómodos) hace que los adultos estén cerca para ayudarles a sobrevivir. A su vez, los adultos están preparados por la evolución para responder a las señales del bebé, proporcionándoles el cuidado necesario y brindándoles la oportunidad de la interacción social.
Bowlby, psiquiatra y psicoanalista británico, al observar los problemas emocionales de los niños que se criaban en instituciones, encontró que estos tenían una gran dificultad en formar y mantener relaciones cercanas. Bowlby atribuyó este problema a la carencia de estos niños de un fuerte apego con sus madres durante la infancia. Su interés en este campo le condujo a dar una explicación etológica de cómo y por qué se establece el vínculo entre madre e hijo.
La teoría de Bowlby reitera el principio fundamental de la etología clásica que defiende que el establecimiento de un fuerte vínculo madre-niño es vital para la supervivencia del bebé. Este vínculo de apego se desarrolla fácilmente durante un periodo critico o sensible; pasado este tiempo, puede llegar a ser imposible formar una verdadera relación intima y emocional.
EL DESARROLLO DEL APEGO
En los seres humanos el vínculo de apego tarda unos meses en aparecer, ya que conlleva una compleja mezcla de conductas entre la madre y su hijo y adquiere una gran variedad de formas. El establecimiento del lazo afectivo, según Bowlby, evoluciona a través de cuatro etapas:
1. Fase de preapego. Abarca desde el nacimiento hasta las seis primeras semanas aproximadamente. Durante este periodo, la conducta del niño consiste en reflejos determinados genéticamente que tienen un gran valor para la supervivencia. A través de la sonrisa, el lloro y la mirada, el bebé atrae la atención de otros seres humanos; y, al mismo tiempo, es capaz de responder a los estímulos que vienen de otras personas. Tratan en muchas ocasiones de provocar el contacto físico con el resto de los seres humanos.
En esta fase aparece un reconocimiento sensorial muy rudimentario hacia la madre. Prefieren la voz de ésta a la de cualquier otro adulto a pesar de que todavía no muestran un vínculo de apego propiamente dicho.
2. Fase de formación del apego. Abarca desde las seis semanas hasta los seis meses de edad. En esta fase, el niño orienta su conducta y responde a su madre de una manera más clara de cómo lo había hecho hasta entonces. Sonríe, balbucea y sigue con la mirada a su madre de forma más consistente que al resto de las personas. Sin embargo, todavía no muestran ansiedad cuando se les separa de la madre a pesar de reconocerla perfectamente. No es la privación de la madre lo que les provoca enfado, sino la pérdida de contacto humano como cuando, por ejemplo, se les deja solos en una habitación.
3. Fase de apego propiamente dicha. Este periodo esta comprendido entre los 6-8 meses hasta los 18-24 meses. A estas edades el vínculo afectivo hacia la madre es tan claro y evidente que el niño suele mostrar gran ansiedad y enfado cuando se le separa de ésta. A partir de los ocho meses el bebé puede rechazar el contacto físico incluso con un familiar muy cercano ya que lo único que desea y le calma es estar en los brazos de su madre. La mayor parte de las acciones de los niños (andar a gatas por ejemplo) tienen el objetivo de atraer la atención de la madre y una mayor presencia de ésta.
4. Formación de relaciones reciprocas. Esta fase comprende desde los 18-24 meses en adelante. Una de las características importantes a estas edades es la aparición del lenguaje y la capacidad de representarse mentalmente a la madre, lo que le permite predecir su retorno cuando ésta está ausente. Por tanto, decrece la ansiedad porque el niño empieza a entender que la ausencia de la madre no es definitiva y que en un momento dado, regresará a casa. En esta fase, los niños a los que su madre les explica el por qué de su salida y el tiempo aproximado que estará ausente suelen llorar mucho menos que los niños a los que no se les da ningún tipo de información. A partir de los tres años, el niño despliega una serie de estrategias con las que intenta controlar la interacción con su madre “obligándola” en determinados momentos a pactar las entradas y salidas del hogar.
El final de estas cuatro fases supone un vínculo afectivo sólido entre ambas partes que no necesita de un contacto físico ni de una búsqueda permanente por parte del niño, ya que éste siente la seguridad de que su madre responderá en los momentos en los que la necesite.
SEGURIDAD DEL APEGO A TRAVÉS DE LA SITUACION EXTRAÑA DE AINSWORTH
La situación extraña es considerada como la técnica más usas para analizar la calidad del apego entre la madre (o la persona que cuida al bebé) y su hijo en los dos primeros años de vida. Esta psicóloga y sus colaboradores partieron de la base de que un vínculo afectivo adecuado proporciona unos sentimientos de seguridad en el niño que se hacen muy obvios con la presencia de la madre. Esta seguridad hace que el bebé explore con mayor frecuencia el entorno y el medio que le rodea.
Así, estos investigadores diseñaron una situación de laboratorio en la que a lo largo de ocho episodios el niño “sufría” separaciones y encuentros con la madre y con una persona extraña para el bebé. Del análisis de las conductas del chaval en estos ocho episodios se identificaron tres tipos de apego (seguro, evitante y resistente) a los que se ha añadido un cuarto (apego desorganizado/desorientado) por los estudios de Main y Solomon (1986).
Apego seguro
Estos niños se caracterizan porque pueden llorar o no, pero si lo hacen claramente es debido a la preferencia que tienen por la madre ante el extraño. En el estudio de Ainsworth, los niños con apego seguro buscan el contacto con la madre y reducen el lloro cuando ésta regresa a la sala.
Apego evitante
El patrón que siguen estos niños se caracteriza porque no muestran enfado ni ansiedad cuando la madre se va de la sala, sino cuando se quedan solos. Parecen que reaccionan de la misma manera a su madre que a la persona extraña. En general, no se resisten al contacto físico con su madre, pero se acercan sin ninguna prisa a saludarla y no les provoca ninguna reacción especial de alegría.
Apego resistente
Antes de que la madre abandone la sala, los niños que siguen este patrón buscan insistentemente la proximidad de su progenitora. Pero cuando regresa, los bebes se muestran enfadados, displicentes e incluso llegan a pegar y a esconderse de ella. Además, muchos de ellos siguen llorando y es bastante difícil que la madre logre consolarlos.
Apego desorganizado/desorientado
Este patrón de apego parece reflejar una gran inseguridad en su vínculo con la madre. Cuando la madre vuelve a la sala, los niños muestran conductas muy contradictorias que claramente indican una desorganización. La mayoría de estos niños no suele mirar a su madre cuando les cogen en brazos y mantienen una expresión facial atónita. Algunos lloran después de haberse calmado y se muestran fríos y distantes.
Debido a que la situación extraña está bastante relacionada con las situaciones con las que se enfrenta el niño en la vida diaria, este estudio de laboratorio se puede considerar un instrumento muy potente a la hora de analizar el tipo de apego que muestran los bebés con sus madres. Ahora bien, las pautas culturales tienen un papel muy importante en el desarrollo social, cognitivo y emocional del niño, por lo que en algunas culturas predominan mas un tipo de apego que otro.
FACTORES QUE AFECTAN AL DESARROLLO DEL APEGO
Los estudios nos muestran que los bebés que poseen apego seguro suelen tener madres amables, receptivas, que no molestan ni maltratan a sus hijos. Sin embargo, los niños inseguros son hijos de madres que carecen de todas o algunas de estas cualidades.
En líneas generales podemos hablar de cuatro grandes factores que inciden en la formación del apego:
Privación materna e institucionalización. En una serie de estudios muy conocidos de Spitz se observó que los niños institucionalizados que habían sido abandonados por sus madres entre el tercer mes y el primer año de vida mostraban una extrema sensibilidad a las infecciones así como un marcado retraso en el desarrollo. Estos niños se criaban en una especie de cubículos sin ningún tipo de estimulación y tenían una cuidadora para cada grupo de siete u ocho niños. En estas condiciones, los bebés solían manifestar un apego inseguro cuando interactuaban con las personas que les cuidaban.
Aquellos chavales que sufrían una separación maternal muy prolongada en la segunda mitad del primer año de vida mostraban un desorden depresivo muy severo denominado depresión anaclíctica. Al poco tiempo de llegar a la institución, los bebés empezaban a aislarse del entorno, perder peso, llorar continuamente y sufrir insomnio. Si no recuperaban pronto a la madre o no se establecía una adecuada relación con una cuidadora, la depresión era prácticamente irreversible.
Sin embargo, el daño es muy importante, pero no irreversible. Bebés que han vivido en condiciones penosas en las instituciones de su país de origen, vienen a nuestra sociedad con un gran retraso en relación con los niños de su edad. No obstante, si el nivel socio-afectivo-cultural de la familia que adopta es lo suficientemente elevado como para ofrecer a estos niños los estímulos afectivos y cognitivos de los que han carecido, es muy posible que el retraso vaya desapareciendo y que se igualen con los niños de su edad.
Calidad de la crianza. La teoría etológica manifiesta que los bebés criados en familias cuyos padres son insensibles a las demandas y necesidades del niño suelen desarrollar un apego inseguro. Un cuidado maternal extremadamente inadecuado puede suponer un potente predictor de desordenes en el establecimiento del apego. Ainsworth y colaboradores observaron que los niños con apego seguro tenían madres que en los primeros meses de vida respondían rápidamente al lloro del bebé e intentaban adaptar su conducta a la de su hijo. Sin embargo, los niños con apego inseguro (evitante, resistente y desorganizado/desorientado) solían tener madres que evitaban el contacto físico con su hijo y se comportaban de manera rutinaria en las interacciones cara a cara típicas del cuidado de todo bebé. Además, en las familias donde la ansiedad es la característica predominante del entorno, las madres suelen ser más insensibles y, por tanto, aumenta la frecuencia del apego inseguro.
Características del niño. Existen estudios que relacionan los partos complicados, niños prematuros, enfermedades en los primeros meses e incluso el temperamento del niño con problemas en el establecimiento del vínculo afectivo del niño. Los niños extremadamente difíciles (lloran todo el día y se muestran irritables con mucha frecuencia) suelen provocar ansiedad en la madre y esto hace que sea mas complicado el establecimiento del lazo afectivo. Sin embargo, si los padres tienen recursos afectivos, sociales y cognitivos adecuados para manejar el difícil temperamento del bebé o la enfermedad del mismo, puede no haber excesivos problemas a la hora de desarrollar el apego.
Por tanto, un temperamento difícil del niño no tiene por qué provocar un apego inseguro; depende de cómo los padres ajusten de manera armoniosa su conducta a la del bebé.
EL APEGO DE LOS PADRES
Cuando un adulto tiene su primer hijo posee en su background gran cantidad de experiencias de apego: con sus padres, hermanos, parejas y amigos/as. Por propia experiencia sabemos que las relaciones afectivas pueden provocar confianza y seguridad o, por el contrario, sentimientos de inseguridad o ansiedad. Main y colaboradores (1985) se han interesado en analizar si las relaciones de apego (seguras o inseguras) que los padres tuvieron en la infancia tienen alguna influencia en el apego de los hijos. Basándose en las declaraciones de los padres, nos encontramos con cuatro categorías que, de manera somera, describimos a continuación:
· Autónomos: padres que valoran y reconocen la influencia de las relaciones de apego, pero al mismo tiempo son capaces de hablar de ellas con objetividad.
· Desentendidos: desprecian la importancia de las relaciones de apego y tienden a idealizar a sus padres sin poder aportar ejemplos concretos para defender su postura.
· Preocupados: adultos muy emotivos que no pueden hablar con objetividad de sus experiencias tempranas de apego. Muy preocupados con el pasado.
· Pendientes de resolución: padres que todavía no han reconciliado sus pasadas relaciones de apego con el presente. En ocasiones, todavía están reconciliándose con la perdida de sus propios padres y las vivencias relacionadas con ello.
Los estudios no sindican que estos tipos de apego en los adultos están estrechamente relacionados con el tipo de apego que establecen con sus hijos. Las madres autónomas suelen tener hijos con apego seguro; las desentendidas tienden a tener hijos evasivos, con apego evitante; las preocupadas suelen crear a niños rebeldes quizá con un apego resistente y queda menos claro el paralelismo de aquellos padres clasificados como pendientes de resolución, quizá porque pueda suponer una época transitoria para muchos adultos.
No se puede concluir de una forma rotunda, pero podríamos finalizar manifestando que el apego de un bebé a su madre podría depender del tipo de apego que tuvo con ella su propia madre muchos años antes.
viernes, 22 de mayo de 2009
martes, 24 de febrero de 2009
Juan Campos. Haurren loa eta Estivil-en metodoari buruz.
Juan Campos. Psicoterapeuta y Escritor.
¿Cómo se debe criar a los bebés y educar a los niños?
Si la Ciencia representa el conocimiento más seguro, universal y preciso sobre un tema parecería natural que cualquier persona razonable buscase la respuesta a esta pregunta entre los expertos profesionales, las personas formadas en el dominio de la Psicología Infantil. Sin embargo, surge un problema al comprobar que algunos, formados en el estudio de esta Ciencia- psicólogos, psicoterapeutas o pediatras- discrepamos de un buen número de doctrinas respaldadas por las corrientes dominantes en ella, que denunciamos como ideología hostil a la naturaleza y a las necesidades afectivas de los niños.
Ciertamente la Psicología Infantil no es sólo ideología. Contiene hechos verificados y relaciones de probable causalidad entre fenómenos difícilmente cuestionables.
Pero lo que tiene de Ciencia se presenta con frecuencia contaminado por prejuicios más o menos ocultos y por valores no siempre transparentes ni asumibles. Los valores y los sentimientos forman parte esencial de esta Ciencia por ser su objeto los seres humanos en el comienzo de sus vidas.
Lo más llamativo es constatar la persistente hostilidad de La Psicología hacia los niños, la tendencia a injuriar su naturaleza cognitiva y afectiva y la recomendación de prácticas basadas en el sufrimiento pedagógico. Por sufrimiento pedagógico entiendo la apología de actitudes por parte de los adultos que por razones de crianza-pseudomédicas- o educación-pseudopsicológicas- causen dolor y malestar a los niños.
Todo bebé sufrirá inevitablemente dolores, frustraciones y limitaciones derivados de su dependencia y vulnerabilidad y de los azares de la naturaleza: dentición, fiebres, caídas, accidentes, frío, calor, a veces pérdidas de seres queridos, miseria, sobresaltos etc... Cualquier adulto con una sensibilidad moral adecuada se esfuerza en paliar estos malestares de los niños a su cargo. Pero buena parte de nuestros expertos, no contentos con que los niños soporten este sufrimiento inevitable en el existir humano, insisten en que el buen educador debe añadir a este sufrimiento otro con fines puramente formativos. A esto llama Alice Miller la pedagogía negra o venenosa.
En sus versiones más reprobables estas doctrinas llegan a negar que lo que a todas luces es señal de dolor y angustia en el bebé realmente lo sea. Se invalidan así los sentimientos del niño. Antes de dominar el lenguaje el bebé expresa su malestar, su soledad, su miedo, su dolor, su aburrimiento por medio del llanto. Su placer lo expresa con gorjeos, sonrisas, risas y otros sonidos que no pueden confundirse con las expresiones de sufrimiento. No pueden...salvo que uno sea un experto formado en Psicología. Dice por ejemplo el Dr. Estivill, para eludir justificar y debatir sus doctrinas, que las críticas a su método provienen solamente del Psicoanálisis. Se equivoca doblemente; en primer lugar porque muchos de los profesionales que rechazamos sus métodos no somos psicoanalistas y en segundo lugar porque el más somero estudio de los clásicos del Psicoanálisis le permitiría descubrir hasta qué punto su actitud de dejar a los bebés llorar sin consolarlos la han compartido Freud y sus seguidores.
Véase por ejemplo lo que escribía Melanie Klein, según muchos la psicoanalista más creativa desde Freud, a mediados del siglo XX :
“El primer y más natural resultado de nuestro conocimiento será por encima de todo la evitación de factores que el Psicoanálisis nos ha enseñado a considerar como gravemente injuriosos para la mente del niño. Exigiremos por tanto como una necesidad incondicional que el niño, desde el nacimiento, no comparta el dormitorio paterno”.
Y Donal W. Winnicott, pediatra y en su día presidente de la Internacional Psicoanalítica, hacía afirmaciones tan falsas, crueles y delirantes sobre el llanto infantil como las de Estivill:
“La mayoría de los bebés lloran mucho...Debería hablar primero del llanto de satisfacción, casi por placer...el placer forma parte de cualquier función corporal, así que una cierta cantidad de llanto puede decirse a veces que es satisfactoria para el lactante, mientras que menos de esa cantidad no hubiese sido suficiente”.
Se ha señalado que no hay nada original en el método Estivill, lo que es cierto. Está calcado del conductista Ferber. Pero quienes estudiábamos Psicología en los setenta ya conocíamos por Skinner estos métodos. Y ya en los años veinte Watson, el fundador del Conductismo, afirmaba con tanta rotundidad como ignorancia que:
“Las madres sencillamente no saben que, cuando besan a sus niños, los cogen y los acunan, los acarician y los columpian en sus rodillas, están lentamente creando un ser humano totalmente incapaz de enfrentarse al mundo en el que más tarde va a vivir”.
Suena familiar.
En los mismos años Ian D. Suttie, un psiquiatra escocés autor de un libro excelente en el que rebatía las doctrinas freudianas y su pesimismo antropológico, narraba su debate con el psicoanalista heterodoxo Alfred Adler, precisamente porque éste en su conferencia había defendido la necesidad de no acudir al llanto de los bebés.
En los años ochenta trabajé en la Escuela de la psicoanalista lacaniana Maud Mannoni. Nuestra niña había cumplido un año y seguía alimentándose a la demanda al pecho materno. Tanto su madre, la psicoterapeuta Helen McCormack, como yo nos esforzábamos en responder a sus necesidades con la mayor prontitud posible y practicábamos el colecho, por ejemplo, cuando la niña lo pedía. Los lacanianos fruncían el ceño y nos recriminaban nuestra actitud. En su jerga no estábamos imponiendo la Ley del Padre, la Castración Simbólica y todo el resto de patrañas pretenciosas y esotéricas en las que se expresa esa secta. El resultado fue una niña que lejos de convertirse en una retrasada o psicótica como anunciaban llegó a ser una joven equilibrada, despierta e independiente.
Encontramos advertencias contra el exceso de ternura en Freud, a quien Paul Roazen recordaba riñendo a una nuera por su cariñosa actitud hacia su bebé, en Psicoterapeutas Humanísticos como Maslow o Perls, quien se burla de los traumas de los niños, que él considera inexistentes y aboga por la frustración “educativa”. En Pediatría un médico neocelandés, Truby King, dominó la doctrina oficial en Estados Unidos e Inglaterra a mediados del siglo pasado imponiendo la lactancia rígidamente regulada por reloj, con lo que muchos bebés fueron abandonados al llanto por hambre o falta de contacto durante muchas horas de su vida.
Una de las últimas contribuciones a la teoría de la bondad del llanto no atendido la encontramos en la doctora Solter y en los practicantes del “Co-counselling” y algunos-no todos- terapeutas Primales. Según ellos hay una clase de llanto que hay que “permitir” y no consolar en los bebés. Se trata, dicen, de llanto provocado por la necesidad de expresar traumas antiguos que no hay que “reprimir”. Esta es una idea absurda, pues una persona sensible no reprime el llanto, no le pone una mano en la boca al bebé, ni menos, como hace la pedagogía venenosa con niños mayores, los ridiculiza y avergüenza por llorar, sino que intenta encontrar las causas del llanto y en todo caso coge al bebé si éste lo permite, lo mece, le habla o le canta y le escucha para calmarlo, porque el llanto no consolado, lejos de ser una catarsis, un alivio para el bebé, se alimenta de sí mismo y multiplica la angustia hasta llegar a veces al paroxismo.
La persistencia de tanto sinsentido en la Psicología Infantil sólo es explicable por la presencia de poderosos factores extracientíficos, emocionales en este caso, derivados de una tradición de siglos y de la condición humana de los profesionales que antes que científicos han sido bebés y han quedado profunda y, con frecuencia, destructivamente marcados por esas vivencias tempranas.
domingo, 8 de febrero de 2009
LAURA GUTMAN. EL PUERPERIO.
El puerperio
Vamos a considerar el puerperio como el período transitado entre el nacimiento del bebé y los dos primeros años, aunque emocionalmente haya una progresión evidente entre el caos de los primeros días -en medio de un llanto desesperado- y la capacidad de salir al mundo con un bebé a cuestas.
Para intentar sumergirnos en los vericuetos energéticos, emocionales y psicológicos del puerperio, creo necesario reconsiderar la duración real de este tránsito. Me refiero al hecho que los famosos 40 días estipulados -ya no sabemos por quién ni para quién- tienen que ver sólo con una histórica veda moral para salvar a la parturienta del reclamo sexual del varón. Pero ese tiempo cronológico no significa psicológicamente un comienzo ni un final de nada.
Mi intención –por la falta de un pensamiento genuino sobre el “sí mismo femenino” en la situación de parto, lactancia, crianza y maternaje en general- es desarrollar una reflexión sobre el puerperio basándonos en situaciones que a veces no son ni tan físicas, ni tan visibles, ni tan concretas, pero no por eso son menos reales. Vamos a hablar en definitiva de lo invisible, del submundo femenino, de lo oculto. De lo que está más allá de nuestro control, más allá de la razón para la mente lógica. Intentaremos acercarnos a la esencia del lugar donde no hay fronteras, donde comienza el terreno de lo místico, del misterio, de la inspiración y la superación del ego. Para hablar del puerperio, tendremos que inventar palabras, u otorgarles un significado trascendental.
Para quienes ya lo hemos transitado hace tiempo, nos da pereza volver a recordar ese sitio tan desprestigiado, con reminiscencias a tristeza, ahogo y desencanto. Recordar el puerperio equivale frecuentemente a reordenar las imágenes de un período confuso y sufriente, que engloba las ilusiones, el parto tal como fue y no como una hubiera querido que sea, dolores y soledades, angustias y desesperanzas, el fin de la inocencia y el inicio de algo que duele traer otra vez a la conciencia.
Para comenzar a armar el rompecabezas del puerperio, es indispensable tener en cuenta que el punto de partida es “el parto”, es decir, la primer gran “desestructuración emocional”. Como lo he descrito en el libro “La Maternidad y el encuentro con la propia sombra”, para que se produzca el parto necesitamos que el cuerpo físico de la madre se abra para dejar pasar el cuerpo del bebé permitiendo un cierto “rompimiento”. Este “rompimiento” corporal también se realiza en un plano más sutil, que corresponde a nuestra estructura emocional. Hay un “algo” que se quiebra, o que se “desestructura” para lograr el pasaje de “ser uno a ser dos”.
Es una pena que la mayoría de los partos los atravesemos con muy poca conciencia con respecto a este “rompimiento físico y emocional”. Ya que el parto es sobre todo un corte, un quiebre, una grieta, una apertura forzada, igual que la irrupción de un volcán que gime desde las entrañas y que al despedir sus partes profundas destruye necesariamente la aparente solidez, creando una estructura renovada.
Después de la “irrupción del volcán” (el parto) las mujeres nos encontramos con el tesoro escondido (un hijo en brazos) y además con insólitas piedras que se desprenden como bolas de fuego (nuestros “pedacitos emocionales”, o nuestras partes desconocidas) rodando hacia el infinito, ardiendo en fuego y temiendo destruir todo lo que rozamos. Los “pedacitos emocionales” van quemando lo que encuentran a su paso. Miramos azoradas sin poder creer la potencia de todo lo que vibra en nuestro interior. Incendiando y cayendo al precipicio, suelen manifestarse en el cuerpo del bebé (como una llanura de pasto húmedo abierta y receptora). Son nuestras emociones ocultas que despliegan sus alas en el cuerpo del bebé rozagante y disponible.
Como un verdadero volcán, nuestro fuego rueda por los valles receptores. Es la sombra, expulsada del cuerpo.
Atravesar un parto es prepararse para la erupción del volcán interno, y esa experiencia es tan avasallante que requiere de mucha preparación emocional, apoyo, acompañamiento, amor, comprensión y coraje por parte de la mujer y de quienes pretenden asistirla.
Sin embargo pocas veces las mujeres encontramos el acompañamiento necesario para introducirnos luego en esa herida sangrante, aprovechando este momento como punto de partida para conocer nuestra renovada estructura emocional (generalmente bastante maltrecha, por cierto) y decidir qué haremos con ella.
El hecho es que -con conciencia o sin ella, despiertas o dormidas, bien acompañadas o solas, incineradas o a salvo- el nacimiento se produce.
Lamentablemente hoy en día consideramos el parto y el post-parto como una situación puramente corporal y del dominio médico. Nos sometemos a un trámite que con cierta manipulación, anestesia para que la parturienta no sea un obstáculo, drogas que permiten decidir cuándo y cómo programar la operación, y un equipo de profesionales que trabajen coordinados, puedan sacar al bebé corporalmente sano y felicitarse por el triunfo de la ciencia. Esta modalidad está tan arraigada en nuestra sociedad que las mujeres ni siquiera nos cuestionamos si fuimos actrices de nuestro parto o meras espectadoras. Si fue un acto íntimo, vivido desde la más profunda animalidad, o si cumplimos con lo que se esperaba de nosotras. Si pudimos transpirar al calor de nuestras llamas o si fuimos retiradas de la escena personal antes de tiempo.
En la medida que atravesemos situaciones esenciales de rompimiento espiritual sin conciencia, anestesiadas, dormidas, infantilizadas y asustadas... quedaremos sin herramientas emocionales para rearmar nuestros “pedacitos en llamas”, permitiendo que el parto sea un verdadero pasaje del alma. Frecuentemente, así iniciamos el puerperio: alejadas de nosotras mismas.
Anteriormente describíamos la metáfora del volcán en llamas, abriendo y resquebrajando su cuerpo, dejando al descubierto la lava y las piedras. Análogamente, del vientre materno, surge el bebé real, y también el interior desconocido de esa mamá, que aprovecha el rompimiento para colarse por las grietas que quedaron abiertas. Esos aspectos ocultos encuentran una oportunidad para salir del refugio. La sombra ( es decir, cualquier aspecto vital que cada mujer no reconoce como propio, a causa del dolor, el desconocimiento o el temor) utiliza el quiebre para salir de su escondite y presentarse triunfante en la superficie.
El problema para la mamá reciente es que se encuentra simultáneamente con el bebé real que llora, demanda, mama, se queja y no duerme... y al mismo tiempo con su propia sombra (desconocida por definición), inabarcable e indefinible.
Pero concretamente ¿con qué aspectos de su sombra se encuentra?. Cada ser humano tiene su personalísima historia y obstáculos a recorrer, por lo tanto sólo un trabajo profundo de introspección, búsqueda personal, encuentro con dolores antiguos y coraje, podrá guiarnos hacia el interior de esa mujer que sufre a través del niño que llora.
El puerperio es una apertura del alma. Un abismo. Una iniciación. Si estamos dispuestas a sumergirnos en las aguas de nuestro yo desconocido.
Laura Gutman
DORMIR SIN LAGRIMAS. ROSA JOVÉ.
Dormir sin lágrimas es un libro necesario en un momento en el que se han multiplicado los métodos para enseñar a los niños a dormir solos, tal y como comenta el pediatra Carlos González: «El sueño de los niños pequeños se ha convertido, en los últimos años, en motivo de preocupación para muchos padres».
Jové utiliza bibliografía científica, pero con un lenguaje directo y accesible para que los padres se familiaricen con el sueño y sepan qué cuestiones son importantes. La psicóloga se muestra en contra de los métodos mágicos para que los niños duerman, y menos aquellos basados en el llanto, que puso de moda el canadiense Richard Ferber y que han copiado muchos otros, aunque con pequeños retoques, como Eduard Estivill. «La repulsa a estas formas de trato infantil no viene predeterminada por las consecuencias que provocan, sino por cuanto atentan a la dignidad del niño como persona. Hemos de seguir creyendo en un mundo en el que el fin no justifica los medios», afirma la autora.
Además, recuerda que «cada bebé es irrepetible» y aconseja desconfiar de los métodos iguales para todos. «Algunos padres aún creen que los bebés nacen sin instrucciones. ¡Mentira! ¡Ellos son las instrucciones! Sígalas al pie de la letra», concluye.
El sueño infantil
«Dormir es un proceso evolutivo que se va adaptando a las necesidades del ser humano. Un recién nacido no duerme igual que un niño, ni éste igual que un adulto; ni un adulto igual que un anciano, porque cada edad reclama unas necesidades diferentes», explica la autora, quien resalta también la capacidad innata de los bebés para dormir.
Según la doctora Jové, el recién nacido (anteriormente, el feto) nace con dos fases del sueño bien diferenciadas: sueño activo (parecido a lo que en el futuro será el sueño REM) y sueño lento (que da lugar al resto de fases del sueño). Entre los 7 y los 10 meses han aparecido todas estas fases, aunque la periodicidad y duración son diferentes al adulto. Como recuerda la autora, los niños duermen la misma siesta hasta los cuatro años. Es a partir de los 5 o 6 años cuando el sueño del pequeño es bastante parecido al de los adultos (un único periodo nocturno de entre 8 y 10 horas sin siestas).
Otra de las evidencias claras, avaladas por varios estudios, es que todos, niños y adultos, nos despertamos varias veces en la noche, pero sólo los más mayores dominan la técnica para regresar al sueño. Es una cuestión de tiempo que lo hagan los niños, porque se trata de un proceso evolutivo. Por tanto, el sueño de un bebé no será nunca un indicativo del dormir del adulto.
Cómo saber si hay un problema
En este capítulo del libro, la autora advierte: «Desconfíe de métodos que sirven para todo.» Tras poner en alerta a los padres, sugiere acudir a los profesionales para que lleven a cabo un diagnóstico del posible trastorno y ajustar, así, su tratamiento. No obstante, les aconseja que tengan en cuenta los posibles errores en el diagnóstico, como no acertar con el comportamiento del pequeño, la falta de información sobre lo que se debe considerar normal a cada edad, la escasa sincronía entre los horarios de los padres y los de los niños, y alarmarse con cuestiones normales. «Antes de pensar que su hijo duerme mal, compruébelo. La información está para eso.»
La psicóloga invita a los progenitores a ponerse en la situación del niño para poder contestar a todas esas preguntas que nos hacemos y no malinterpretar sus peticiones. La vida de hoy en día es una locura no sólo para los adultos, sino también para los niños, que deben amoldarse a ella, a pesar de que esta actitud no es lo más adecuado. En este sentido, Jové apunta que en muchas ocasiones «la falta de sincronía entre las obligaciones de unos y los derechos del otro son el único y real motivo de conflicto y los seres humanos llevamos miles de años sin métodos para dormir niños y nunca ha habido mayores problemas con ellos. Todos acababan durmiendo».
Trastornos del sueño
Los niños no siguen el horario de 24 horas de los adultos, los expertos aseguran que se trata en realidad de 25. Por eso, les cuesta meterse en la cama habitualmente y presentan alteraciones en el horario. Jové mantiene que el seguimiento de una rutina y ayudarles a diferenciar el día de la noche ayuda a muchos pequeños.
No obstante, la autora divide los trastornos del sueño en dos: disomnias –alteraciones en la cantidad y la calidad del sueño– y parasomnias –acontecimientos o conductas anormales cuando se duerme–. En la mayoría de los casos se da el primer tipo de obstáculo en el descanso infantil, pero los terrores nocturnos, las pesadillas o el sonambulismo, entre otros, también son objeto de preocupación por parte de los padres. «En los niños, la mayoría de las parasomnias suelen mejorar si se acuestan con poco cansancio y ansiedad. Para ello podemos seguir un horario prudente de acostarlos, intentar que estén relajados y hacerles compañía o dormir con ellos», apunta la autora, que defiende las múltiples ventajas del colecho, una práctica habitual en muchos países.
Lo que no se debe hacer
Muchas veces se acierta más si se sabe lo que no se debe hacer. La doctora Jové, antes de exponer sus consejos, advierte sobre los múltiples ejemplos de metodología que imperan en los países desarrollados para lograr que los niños no sean un obstáculo más en la estresada vida de sus padres. «Los métodos para enseñar a dormir a los niños dejándolos solos se empezaron a publicar hacia los años 50 del siglo pasado» y algunos autores han publicado estos métodos, con pequeños retoques, publicitándolos como originales y novedosos.
«No hay diferencia de éxito entre los métodos que enseñan a dormir a base de dejar llorar mediante una tabla y los que simplemente dejan llorar. Si la hay entre aplicarlo antes de los 18 meses o después», escribe esta especialista en el sueño. Para Jové, los métodos de adiestramiento no enseñan a dormir, «solamente provocan un shock emocional que altera los niveles de las principales hormonas que regulan nuestras emociones, y además le demuestran que no vale la pena quejarse porque nadie les responderá. Por eso funciona mejor en niños pequeños, ya que son los que tienen más posibilidad de shock».
Además, su aplicación conlleva secuelas importantes a corto, medio y largo plazo: «trastornos de ansiedad, depresiones, indefensión aprendida, trastornos de apego, trauma por estrés agudo y síndrome de estrés postraumático». Jové mantiene que estas alteraciones son reparables, aunque «no reversibles», ya que pueden quedar enmascaradas y no hacerse evidentes hasta la vida adulta. Asimismo, huye de la utilización de fármacos en los problemas del sueño, no sólo por sus muchas contraindicaciones, sino porque en muchos casos se produce el efecto contrario.
Qué podemos hacer
La autora, que mantiene que aunque no se haga nada, el niño dormirá sin interrupciones algún día, ensalza el papel de la lactancia en el éxito del sueño, «por la propia composición de la leche, y debido al relajante contacto con la madre y a la succión calmante». La alimentación materna no sólo favorece al niño, sino que beneficia a la madre, ya que hormonalmente le ayuda a coger el sueño con más facilidad.
También hace especial hincapié en las cualidades positivas del colecho, siempre y cuando se lleve a cabo de una forma segura. «Gracias a él, el regreso al sueño después de un despertar es más corto para ambos casos (madre e hijo). También ayuda al bebé a sincronizarse con la madre y a pasar de un estadio a otro del sueño con más facilidad», comenta la autora. En este sentido, la psicóloga añade que la actitud «positiva y responsiva» de la madre hacia el niño crea en el menor una tranquilidad que le ayuda a abandonarse al sueño.
Dormir sin lágrimas, una «guía para padres desesperados» como la define la autora, solicita a los padres un ejercicio de observación de sus hijos en el número de horas de sueño o el de despertares, y estar atentos a las «señales del niño cuando tiene sueño» para evitar problemas posteriores.
Haurren loa.
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